Así lo
definió el ingeniero agrónomo Guillermo
Reutemann, quien ofreció capacitación a productores yerbateros, en una jornada
organizada por el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) y el ministerio
del Agro y la Producción de Misiones.
En
la chacra de la productora Claudia Plocher, en Colonia Guaraypo, Montecarlo,
Reutemann explicó sobre las ventajas de los sistemas agroforestales que
integran yerba mate. “El balance es altamente positivo en favor de la presencia
de árboles”, dijo. “Estos
agroecosistemas, biodiversos, presentan una mayor resiliencia respecto a los
monocultivos a cielo abierto, pudiéndose sobreponerse a condiciones climáticas
extremas, como las actualmente observadas, de sequía prolongada; reducen la
intensidad y el efecto de los vientos, colaborando a una mayor retención de
humedad en el sistema, y atenúan los daños por
granizos”, agregó.
Otro
aporte importante de esta forma de producción, es que “con más sombra, las especies espontáneas de gramíneas, como pasto
azul, yahapé, yacaré y cola de zorro, especies heliófilas que son de difícil
erradicación de los yerbales convencionales, no prosperan en estos ambientes
sombreados y dan paso a especies menos competitivas”.
La
misma capacitación, denominada “Valorizando
la funciones del árbol en los agroecosistemas yerbateros”, se realizó
también en la chacra de Roberto Haaser, en Valle Hermoso, Eldorado.

-Evitar el sol directo, la clave
La
yerba mate “es una especie que no está
adaptada al sol directo; tiene una corteza muy sensible a las condiciones que
se dan a cielo abierto y basta recorrer los yerbales para ver que las ramas que
tienen exposición al sol de la tarde, o aquellas en posición más horizontal
sobretodo (que abren la copa) que reciben directamente el sol del mediodía,
están fuertemente dañadas, con grandes secciones afectadas, o descascaradas”,
advirtió Reutemann. “Cada rama dañada
implica menos cosecha ya que tenemos que entrar antes al yerbal con el serrucho
o la motosierra a rebajar, y cada rebaje es tiempo que se debe esperar para
tener estructura productiva nuevamente, es decir, perdemos rendimiento durante
ese período”, agregó.
Esos
daños se evitan con un sistema agroforestal, y hay distintas alternativas para
implementarlo. “Pueden realizarse
plantaciones de yerba mate bajo dosel de árboles preexistentes, incorporar
árboles a yerbales en producción o plantar yerba y árboles simultáneamente (si
se pudiera plantar los árboles antes, mucho mejor)”, indicó.

Sobre
la cantidad de árboles a incorporar en el yerbal, explicó que “podemos
arrancar con 200 a 250 plantas por hectárea, y si pudiéramos aprovechar las que
ya están presentes, las pioneras, aquellas que aparecen naturalmente, mucho
mejor; y debajo de esas implantar las especies que van a ser el futuro relevo,
cuando las superen en altura; las que son pioneras generalmente, cuando se va
sombreando el ambiente, van perdiendo importancia y se resiente su crecimiento,
y son reemplazadas por los árboles que nos interesan a futuro, y al final nos
quedamos con 150 a 200 árboles”.
En
cuanto a qué especies implantar, recomendó: “Aconsejamos
la mayor diversidad, y su ubicación según la disposición de la pendiente; nos
inclinamos por árboles de hojas perennes para la parte más baja o cercana al
sur y semi perennes y de hojas caduca, en la parte más alta del lote, cosa de
generar un ambiente con cierta luminosidad en invierno y el inicio de la
primavera cuando la yerba va a brotar. Hay que combinar los árboles con copas
que mantengan sus hojas en el invierno y alternarlos con otros que quedan sin
hojas, de manera que el movimiento (aparente) del sol haga que la sombra vaya
circulando y generando luminosidad en distintos lugares y momentos en la
plantación”.

Al
enumerar qué especies nativas resultan beneficiosas en la interacción con la
yerba mate, Reutemann nombró como “muy
positivas las leguminosas, en especial el timbó, la cañafístula, el anchico
colorado, el anchico blanco, el curupaí, que tienen hojas finas y dejan pasar
bastante luz (sombra más tenue), y reciclan hojas casi todo el año; y otras
especies que tienen buen comportamiento y hojas caducas como el loro blanco, el
loro negro, el cedro, el guatambú, el lapacho; los laureles negro y amarillo,
que hay que manejar con poda porque tiene una copa muy densa, cerrada, como el
Ingá que aporta nitrógeno pero intercepta mucha luz, y también hay que
manejarlo con poda”.
Reutemann
observó que el sistema agroforestal con
yerba mate “no es algo que uno instala y
después no se interviene más; es un sistema dinámico y el productor tiene que
manejarlo, hay que observar e intervenir con podas, de manera de asegurar la
luminosidad adecuada, que si bien no está definida aún (falta investigación al
respecto) es observable en el comportamiento de la planta; uno tiene que
trabajar para que los árboles hagan lo que uno necesita que hagan, o sea que
den una sombra en verano y permitan luz
en invierno”.

La
diversidad de especies de árboles atrae aves, y algunas de ellas actúan como
controladores naturales de plagas. “La
variedad de plantas genera otros componentes importantes, como las aves que
puedan anidar ahí; están las que se alimentan de insectos y son importantes
controladores de algunos de los problemas que tenemos como el marandová y el
kiritó”, expresó.
Finalmente, Reutemann resumió las diferencias
entre producir yerba mate a cielo abierto o con la presencia de otras especies
de árboles: “Un sistema simplificado, como son los
monocultivos de yerba mate a sol pleno demanda un aporte de energía externa,
traducido en insumos, para sostenerse (agrotóxicos, fertilizantes y trabajo de
maquinarias, que incrementan el uso de energía y los costos), tienen una vida
productiva corta y reducido tiempo de amortización (hay yerbales que se rebajan
antes de los 25 o 30 años), con rendimientos variables, erráticos, y una
rentabilidad baja en relación a los aportes de capital hechos. En cambio, los
yerbales bajo sombra, bien manejados en el corte o cosecha, en los que se
promueven procesos como el reciclaje de nutrientes, el control natural de
insectos, la conservación de las condiciones óptimas del suelo y su actividad
biológica, tienen rendimientos estables, márgenes adecuados y una vida
productiva prolongada”.