Entre el 14 y
el 20 de este mes de enero 2021, al menos 78 personas murieron literalmente
sofocadas en los norteños estados brasileños de Amazonas y Pará: faltó oxígeno
en las unidades de terapia intensiva. Otras casi mil murieron en la región,
debido al colapso de los hospitales.
Las
escenas de médicos tratando desesperadamente de ayudar sus pacientes a respirar
coincidieron con la huida de docenas de internados que optaron por morir en
casa antes que seguir padeciendo la agonía de ver gente sofocándose a su lado.
Seis
días antes, el 8 de enero, el general Eduardo Pazuello, instalado por el
ultraderechista Jair Bolsonaro en el sillón de ministro de Salud y
supuestamente especializado en logística, fue informado, en carácter de
urgencia, que en Manaos, capital del estado, el oxígeno destinado a los
internados estaba colapsando y no hizo nada.

Sobran advertencias de médicos e investigadores altamente calificados: la tragedia vivida en Manaos puede extenderse por el país. Están colapsados o al borde del colapso los hospitales, tanto públicos como privados, de varios estados brasileños, San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais, los tres principales entre ellos.
Las
medidas de aislamiento tan duramente combatidas por Bolsonaro son decretadas a
medias por gobernadores y alcaldes y rigurosamente ignoradas por gran parte de
la población. “A medias” porque la
fiscalización es ínfima, y la irresponsabilidad de la gente, infinita.
De
los países con cierto peso en el escenario global, Brasil es el único que ha
sido rigurosamente incapaz de buscar una coordinación para enfrentar la más
mortal de las pandemias de los al menos últimos cien años.
Ahora,
empiezan a aparecer datos concretos indicando que más allá de ineptitud, el
gobierno militarizado encabezado por Bolsonaro actuó de manera directa para
sabotear medidas que podrían atenuar la tragedia.

En
abril del año pasado, Brasil fue formalmente invitado a integrar una alianza
mundial de vacunas, que pretendía reunir 155 países para asegurar inmunizantes
contra Covid-19.
Se
trata del “Covax” y, por las reglas del grupo, el país podría encargar más de
200 millones de vacunas, cantidad suficiente para la mitad de su población
(considerándose dos dosis por cada habitante). Bolsonaro se negó a sumarse al
grupo.
En
agosto, la Pfizer entró en contacto con su gobierno ofreciendo 70 millones de
dosis de su vacuna, que estarían disponibles en diciembre.
Nunca
hubo una respuesta formal del ministerio de Salud encabezado por un general
activo del Ejército, cuya única función visible es obedecer de manera ciega a
un capitán retirado.

-La secuencia de
absurdos es llarga.. mortal, asesina y genocida.
Bolsonaro
se vanagloria de haber logrado importar dos millones de dosis de vacunas de
India. Se olvida de dos cosas.
La
primera: sigue negando la eficacia de vacunarse, sigue difundiendo
informaciones ridículamente absurdas.
La
segunda: dos millones de dosis no son nada en un país de poco más de 210
millones de habitantes.
Una
tercera cosa: tanto tardó para moverse, que Brasil pagó por cada dosis de esa
vacuna poco más del doble de lo que pagaron países europeos mucho más ricos,
pero que tuvieron la prudencia de encargar la vacuna a mediados del año pasado.
La
legislación brasileña define lo que son “crímenes de responsabilidad”,
suficientes para catapultar mandatarios irresponsables. Jair Bolsonaro cometió
al menos unas cuatro docenas de ellos.
En
los últimos días crecen, de manera palpable, las presiones para que tanto el
Congreso, en especial la Cámara de Diputados y las instancias superiores de
justicia. muevan un juicio fulminante al presidente genocida.
Este
sábado, hubo manifestaciones en casi todas las provincias brasileñas.
Atendiendo a la convocatoria de movimientos de izquierda, hileras de
automóviles desfilaron – solo en Brasilia fueron como 500 – a los gritos de
“fuera Bolsonaro”. San Pablo y Rio fueron otras capitales con “carreatas”
sonoras.

Convocaron
a desfilar con vehículos desde sectores de la derecha, que apoyan a Bolsonaro
hasta que él empezó a dar claras muestras no solo de ineficacia sino también de
un radical desequilibrio psicológico y se diluyó la medida.
Los
sondeos de opinión pública muestran que la aprobación de su gobierno se derrite
como una paleta al sol. Si ya era minoritaria desde hace mucho, ahora se hace
infima.
Pero
sigue el caos, sigue la tragedia, sigue el peor presidente de la historia de la
república brasileña, competidor directo de los dictadores que se turnaron en el
poder entre 1964 y 1985, tan admirados por él, con sus torturadores
sanguinarios, pero que no lograron producir semejante devastación como la que
Bolsonaro impuso e impone a este pobre país.
(Por Eric Nepomuceno para Página 12)