Las
diferencias entre la campaña electoral creada por los marketineros de los años
´80s y la actual, a pocos días de votar en las PASO.
“El que no sabe bailar,
le
echa la culpa al piso”.
(Refrán
Popular)

Diseño
de la Propuesta Política. Ese era el primer nivel de ejecución de la campaña.
Por lo menos así lo proclamaban los marketineros de los años ´80s que remaban
en polenta espesa para tratar de meter en el juego las nuevas técnicas de
comunicación que habían importado desde la decadente Europa.
“Es
responsabilidad del Candidato, el jefe de Campaña y el equipo de asesores
partidarios porque tiene una lógica fundamentalmente política”, se resguardaban
los “técnicos” antes que los viejos sabios de la tribu (unidad básica o comité)
les cayeran al cuello y los desangraran hasta hacerlos desaparecer.
Fue
notable que ese que venía de Chascomús, que se vestía y hablaba como un abogado
de pueblo, que esbozaba un progresismo campechano y bucólico, fuese quien se abrazó
a los nuevos vientos. Raul Alfonsín. RA -hay que tener mucho culo para que tus
iniciales coincidan con República Argentina- se puso en manos de la novedad y
organizó una campaña con las técnicas de señalética y semántica electoral que
venían de afuera.
El
artífice fue David Ratto pero la propuesta política fue de Don Raúl. “Quiero
una campaña peronista”, le había pedido al por entonces rey de la publicidad
vernácula que, por otra parte, se reivindicaba radical. “¿Y usted cree que los
peronistas lo van a votar?”, terció Gabriel Dreyfuss, contratado como fighter
para las técnicas de brain storming. “Los peronistas no -reconoció Alfonsín-,
pero las mujeres peronistas si”.
Sabía
de qué se trataba el hombre. Un eje discursivo que hablaba de lo vital (Somos
la Vida, Somos la Paz – No es una Salida, es una entrada a la Vida), un afiche
completo dedicado a medidas para el padrón femenino (los publicistas de hoy se
cortarían la yugular con una aceituna negra si les encargaran una pieza de ese
estilo) y un certero pivot en el punto de todo lo que significaba democracia y
Estado de Derecho fueron determinantes en aquella campaña en la que, los
jóvenes peronistas esclarecidos, pintabamos “Somos la Rabia” en las paredes y
Herminio (querido y malogrado compañero Iglesias) no tenía mejor idea que
quemar un ataud disfrazado de UCR.

-Política antes que
Marketing
No
hay que perder la perspectiva: salíamos de la noche más negra de nuestra
Historia. La muerte nos rondaba: a los que habíamos militado y a los que “no
sabían”. Las Madres paridas por sus hijos los querían en casa… y las otras
también. Alfonsín sabía. Hablaba la lengua de la democracia aún en sus
silencios. Denunciaba pactos entre militares y sindicalistas. Tapizaba las
ciudades con obleas con los colores patrios. Pedía “un médico a la derecha” en
cada acto (lástima que ese médico nunca le llegó a la Derecha).
Sabía.
Y don Ítalo Luder, el cabello canoso retocado con un matizador que en las fotos
viraba al lila, pisaba ese terreno más resbaloso y tradicional en el que los
gremios pagaban los afiches pero cada cual los hacía con los colores y los
slogans que se le antojaban. Escoliosis de la columna vertebral.
Luego
vendrían las casualidades. La necesidad de estirar un acto hasta que llegara la
televisión. Alfonsín improvisando, parado sobre un cajón de cocacola. Con todo
ya explicado. Con todas las consignas reafirmadas. Con todas las arengas
echadas a rodar. Y entonces : “Nos, los representantes del pueblo de la Nación
Argentina…” y ese pueblo, reunido en sagrado acto electoral en un estadio de
fútbol, delirando. Y el candidato decidiendo en su corazón que aquel sería el
cierre de cada mitín de allí en más. Virtud y Fortuna, decía el viejo Niccolò
Machiavelli.
Algunos
medios, socios de la dictadura en los negocios y otros crímenes, se llamaron a
cuarteles de invierno (seguramente esperando mejores climas) y… ocurrió lo ya
sabido. Perdió el caballo del comisario. Hasta en la comisaría perdió. Por eso
el “Titán” Armendáriz se hizo cargo apoyado en Elba Roulet y el peronismo
corrió a lavarse las heridas en el río de la Renovación, que no fue mucho más
que entender las consignas de la nueva mercadotecnia electoral y… “Síganme, que
no los voy a defraudar”.

-¡No es el marketing,
estúpido!
Ningún
herrero que se precie le echa la culpa a la bigornia. Y, al fin y al cabo, el
marketing político no es mucho más que una herramienta, aunque quieran hacernos
creer otra cosa.
Hoy,
a una semana de votar en las PASO, el debate electoral de la Argentina ha
transcurrido por: Qué hacían las mujeres que ingresaban a Olivos en tiempos de
pandemia (como si Beto Brandoni no se hubiese reunido con el presidente en la
Quinta); el festejo de los cumpleaños de Fabiola y de Lilita (este último con
sombrero mexicano y mariachis incluidos); los carpinchos kirchneristas que
asolan la República Independentista de NorDelta; el video de la profesora
adoctrinando a los alumnos cambiemitas y, ¡cómo se garcha en el peronismo, che!
(viejo concepto de militancia por la vía húmeda que fue extendido de la JP a
todo el Movimiento Nacional).
La
mayoría de los candidatos, además, se aferra a los últimos retazos de coaching
ontológico que se olvidó Durán Barba en su huida: virginales gramáticas de
ruego, apodos cromáticos para que la gente los sienta más cercanos, edulcorados
aforismos que no utilizaría ni un fabricante de sobrecitos de azúcar y hasta un
superhéroe libertario (hemos ha caído en la zoncera jauretcheana de denominar a
fascistas que quieren incendiar el Banco Central con un sustantivo que hace
referencia a la libertad… ¡me muero muerto!). La campaña parece dar para todo
menos para la política.
Y
ahí vamos. No hay dimensión territorial (van a los barrios, se sacan la fotos y
salen corriendo); miden la realidad por las encuestas; tienen menos barro que
la 9 de Julio reciclada. Los medios que jugaron en el equipo de los represores
de los ´70s hoy se rasgan las vestidura por la República, la democracia y coso…
y la gente les cree. Porque sigue siendo más fácil engañar a alguien que
explicarle que ha sido engañado: así te hacen pasar Gato por… Conejo Negro.
(Por Carlos Caramello para Télam)