El organismo
internacional condicionará a la Argentina por largos años. No existe acuerdo
bueno, solo menos malo. La tragicómica actitud de quienes volvieron a traer al
FMI al país. La virtud de Misiones. Fuego cruzado entre “cambiemitas” en la
Tierra Colorada.
El
pre-acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, anunciado este viernes 28 de
enero, es un paso para intentar normalizar la situación financiera argentina
producto de la enorme deuda en dólares tomada por el gobierno de Mauricio
Macri.

Hagamos
un pequeño resumen de lo sucedido entre 2016 y 2019 en materia de toma de deuda
en divisas con acreedores privadores y organismos multilaterales de crédito:
hasta 2018 el gobierno nacional aprovechó que recibió un país desendeudado (según Nicolás Dujovne, uno de los titulares
de la cartera económica durante el macrismo, “el gobierno de Cristina nos dejó una bendición, niveles bajísimos de
endeudamiento”), para tomar
créditos con fondos de inversión privados, cuando el andamiaje
económico-financiero comenzó a mostrar signos de agotamiento (en realidad,
nunca arrancó), recurrió al prestamista en última instancia, el FMI.

El
organismo entregó un préstamo político, ya que en la parte técnica no era
posible conceder esa cifra con el plan de pagos que finalmente se firmó. 57 mil
millones de dólares (el monto más grande en la historia del organismo) con
pagos incumplibles, por ejemplo, este año estaba pautado que Argentina
desembolse 20 mil millones de dólares.
Del
total del crédito del Fondo, se ejecutaron 45 mil millones de dólares, sumados
a los que se habían comprometido con acreedores privados. Un elemento central
de la tragedia que significó el gobierno de Cambiemos, fue que ese monto, no
redundó en infraestructura necesaria para el territorio nacional, la mayoría
fue destinada a la formación de activos externos (“fuga de capitales”). Para
despejar dudas, citemos las palabras del titular del ejecutivo nacional:
Mauricio Macri relató el año pasado que el préstamo del FMI se usó para “pagarles a los bancos comerciales”, es
decir, financiar la salida de capitales que ingresaron al país para hacer carry
trade (“bicicleta financiera”) en dólares.
El
objetivo político del FMI, la reelección de Macri, fue derrotado en las urnas e
incluso el organismo publicó un informe Ex Post en el que admite el fracaso del
mismo, que violó sus propios estatutos.

De
todos modos, el FMI ha mostrado poca flexibilidad ante Argentina y acaba de
cerrar un acuerdo de Facilidades Extendidas (que puede durar 10 años) en el que
no exige las clásicas reformas laborales y previsionales, pero se inmiscuye en
la política interna: reducción del déficit fiscal, de subsidios energéticos, de
emisión monetaria. El tradicional enfoque ortodoxo de la economía.
Lo
ideal es no endeudarse nunca con el FMI, pero cuando ya se ha hecho es
conveniente evaluar las alternativas para afrontar el problema. No es una
negociación de iguales, Argentina se encuentra una posición muy débil, no
existe financiamiento alternativo (China y Rusia, por ejemplo, están dentro del
FMI y poseen cláusulas que ante un default con el organismo suspenden sus
líneas de financiación). La declaración de default implica mayor presión sobre el
tipo de cambio, las reservas y la suspensión de líneas crediticias de organismo
internacionales (CAF, Banco Mundial).

No
existe un buen acuerdo con el Fondo Monetario, solo uno menos malo. El
condicionante de la deuda externa estará durante varios años en la política y
la sociedad argentina.
Los responsables, que cambiaron su
denominación partidaria a: Juntos por el Cambio (PRO, UCR, Coalición Cívica),
se mostraron inmunes a toda crítica. Es más, ejercieron ellos las críticas a la
demora del gobierno nacional en cerrar un acuerdo, publicaron alquimias
voluntaristas donde mezclan deuda en pesos con deuda en dólares, argumentan que
se endeudaron para pagar deudas imaginarias. Efectivamente el suyo fue un
gobierno de cambio: más inflación, desempleo, reducción del salario y
jubilaciones.

-En contra de Misiones
En
ese contexto se plantea un escenario de fuego cruzado en la coalición opositora
por la disputa del poder y las candidaturas para 2023. Luego de imponerse en
las elecciones de medio término (gracias a las promesas de campaña incumplidas
por el gobierno nacional), el mayor logro fue rechazar el Presupuesto Nacional
2022.
Esa “cucarda”, festejada eufóricamente
por JxC, tuvo el apoyo ferviente de los misioneros Arjol (UCR), Klipauka
(puertismo) y Schiavoni (PRO). Entre otras cuestiones, los 3 diputados
nacionales le dieron la espalda a su provincia votando en contra de crear una
Zona Aduanera Especial en Misiones y del financiamiento de obras públicas para
los 77 municipios de Misiones (cuestión que el Gobernador Herrera Ahuad comenzó
a remediar en las últimas semanas a través de numerosas reuniones con
funcionarios nacionales).

Es
menester recordar que en los años de frenética toma de deuda en divisas, las
provincias fueron incentivadas a hacer lo mismo que el Estado nacional. Al
igual que éste, las distintas jurisdicciones eran alentadas a endeudarse en
dólares para hacer frente a gastos corrientes en pesos, con las diferencias que
tienen los estados provinciales con la Nación (por ejemplo, no pueden emitir
moneda).
Hay provincias que tienen una alta
carga de deuda dólares que ha sido arduamente reestructurada por parte de las
distintas administraciones.
Debe resaltarse que Misiones no se
encuentra entre ellas. Desde 2003, la provincia no tomó más deuda y se abocó a
regularizar la situación de endeudamiento heredada de la década de 1990.

En
política, ningún triunfo es concluyente. Se sigue construyendo aun después de
un éxito electoral (puede dar fe de esto Alberto Fernández, por ejemplo) y, es
lo que sucede, entre los “cambiemitas misioneros”.
Al voto contra Misiones, Martín Arjol
le sumó un mes de vacaciones en Brasil. Ambas acciones le significaron un
aumento de imagen negativa entre los ciudadanos de la Tierra Colorada.
Por su parte, los hermanos Schiavoni
(Alfredo y Humberto) han perdido terreno dentro del PRO y de Juntos por el
Cambio debido a su vinculación con el ex presidente Macri, un yunque difícil de
quitarse.
En ambos casos, el comportamiento es
el que se había advertido desde el oficialismo misionero durante la campaña:
iban a obedecer los mandatos partidarios provenientes de Buenos Aires.
Es
por ello que quien ha emergido como figura fuerte dentro de la alianza
opositora es Martín Goerling, perteneciente a la extrema derecha del PRO, el
sector liderado por Patricia Bullrich. Pese a no ser funcionario, el ex titular
de la EBY (que tuvo un buen desempeño electoral el año pasado) realiza un
silencioso trabajo de cercanía con los vecinos en distintos puntos de la Provincia.
