El 60 por
ciento de los suelos con yerba mate, están en proceso de erosión y sin
capacidad de almacenar agua. La situación se revierte con prácticas que promueve el INYM.

Un
suelo sistematizado y con cubiertas verdes almacena más agua y por más tiempo que
uno que no lo está; de la misma forma, cuenta con materia orgánica (que aporta
nutrientes) y mitiga las altas temperaturas en verano, el déficit hídrico y el
impacto de las intensas lluvias que ocurren cada vez con mayor frecuencia en
cualquier mes del año, y por lo tanto, presenta mejores condiciones para una
buena producción.

Por esa razón, el Servicio de Extensión
Yerbatero (SEY) del INYM, promueve prácticas como plantar en curvas a nivel,
cubrir con pasto y construir camellones y pozos de decantación en caminos,
asociar árboles nativos (como cortinas o dispersos) e incorporar cubiertas
verdes en los entre líneos del cultivo.
Este
7 de julio se celebra el Día Internacional de la Conservación del Suelo, en
memoria de Hugh Hammond Bennet, investigador que fue pionero en la lucha para
preservar la fertilidad de los suelos, fecha a la que Argentina adhirió en
1963.

La
yerba mate fue el cultivo colonizador en esta región, a principios de 1900, con
lo cual son 120 años de historia del uso del suelo.
El
relevamiento físico químico realizado el año pasado por el INYM, indica que más
del 60 por ciento de los suelos están en condiciones regulares o malas, lo que
implica que han perdido gran parte de su capacidad para infiltrar y almacenar
el agua, y, en esas condiciones, al caer, las lluvias torrenciales arrastran
los primeros centímetros de suelo, que son los más fértiles, provocando
erosión.

A
modo ilustrativo, “es importante tener presente que un centímetro tarda entre
80 y 100 años en formarse, y ese mismo centímetro de tierra se pierde con una
lluvia torrencial si no está debidamente sistematizado”, manifestó Verónica
Scalerandi, subgerente del área Técnica del organismo.
Ese
contexto se ve agravado en las condiciones actuales que impone el cambio
climático global, con la presencia de eventos extremos como sequías, y
repentinas e intensas lluvias en corto tiempo. “La buena noticia es que hay formas de mitigar esos efectos y son las
prácticas que desde el INYM venimos recomendando y trabajando con los productores
en sus chacras”, dijo Scalerandi.
“Lo
más importante no es cuánto llueve, sino cuánta de esa agua se infiltra y
almacena en el suelo”.

Por
ejemplo, señaló que los suelos en condiciones regulares o malas (desnudos,
rastreados y / o compactados) absorben únicamente entre un 30 y 40 % del agua
de lluvia. “En años con precipitaciones cercanas a 2000 milímetros, nuestros
suelos infiltran entre 600 y 800 milímetros, mientras que en años con sequía,
donde las precipitaciones no alcanzan los 1500 milímetros, infiltran entre 450
y 600 milímetros”, explicó.
En
cambio, en suelos cubiertos y sistematizados, “lo más parecido a lo que conocemos como suelo de monte”, se infiltra entre un 70 y 80 %
del agua de lluvia. “En años con precipitaciones normales, se infiltra y almacena entre 1400 y 1600
milímetros y aún en un año donde predomine la sequía, con 1050 y 1200 milímetros, nuestros suelos
tendrían disponible un 40 % más de agua para los cultivos que en años normales
pero con suelos degradados”, ilustró.

Scalerandi
contó que estos datos fueron corroborados en las chacras visitadas durante el
verano pasado. “Hemos observado que en
las mismas condiciones de déficit hídrico, entre noviembre de 2021 y febrero de
2022, una chacra mantuvo la provisión de agua, mientras que otro vecino
necesitó abastecerse de un pozo perforado cercano”, ilustró. “La diferencia
sustancial está en la capacidad de captación de agua de una y otra micro
cuencas. La primera chacra tiene suelos sistematizados, con buena infiltración,
totalmente cubiertos y caminos con pozos de decantación que permiten captar
toda el agua de las precipitaciones. En la otra, la mayor parte del agua
escurre y se pierde, no infiltra y por consiguiente no recarga las vertientes”,
agregó.

La
yerba mate “es un ser vivo que depende
del suelo para anclarse y obtener el agua y los nutrientes”, enfatizó
Scalerandi, y para cerrar, reiteró: “Nosotros
observamos que un yerbal con buenas condiciones de suelo, con buen desarrollo
de raíces, es capaz de aprovechar efectivamente, aún cuando son pocas, las
precipitaciones; en cambio, no ocurre lo mismo en yerbales con suelos
degradados, donde la mayor parte del agua se pierde por escurrimiento, y la que
penetró no siempre está al alcance de las raíces”.
